A lo largo de la historia económica, pocas ideas han resultado tan incómodas como la planteada por George Stigler, esta es que la regulación no nace, en la práctica, para proteger al público, sino para servir a intereses concretos que saben cómo influir en el poder. Décadas después, esa intuición cobra nueva vida en un terreno distinto pero familiar y del cual aún terminamos de adaptarnos, el de la inteligencia artificial. Lo que en su día se observó en industrias tradicionales hoy se replica en tecnologías disruptivas y novedosas, donde el discurso de protección convive con incentivos que apuntan en otra dirección. Leer.
Ambos fenómenos -la teoría de la captura regulatoria y el debate sobre la IA- revelan un patrón persistente: cuando la innovación avanza más rápido que las estructuras políticas, la tentación de controlarla puede terminar sofocando precisamente aquello que prometía mejorar la vida de todos. Leer.
A continuación, 5 puntos clave al respecto:
1. La regulación rara vez protege a quien dice proteger. La teoría de Stigler desmonta la narrativa habitual, dirigida a hacernos creer que las normas suelen diseñarse para el consumidor, la verdad es que más bien, están hechas a favor de quienes tienen capacidad de influir en su diseño. Subsidios, tarifas reguladas o licencias no son accidentes, sino herramientas que redistribuyen beneficios hacia grupos organizados.
2. Las barreras de entrada son el arma silenciosa. Bajo la apariencia de estándares de calidad o seguridad, muchas regulaciones funcionan como filtros que reducen la competencia. Cuanto más complejo es entrar en un mercado, más protegidos quedan quienes ya están dentro.
3. La captura regulatoria también amenaza a la inteligencia artificial. En el ámbito de la IA, las grandes empresas tienen incentivos claros para promover marcos regulatorios complejos que puedan asumir, pero que resulten prohibitivos para nuevos competidores. Así, la innovación se concentra y se ralentiza.
4. El miedo al riesgo puede eclipsar beneficios reales. Como ha ocurrido con otras tecnologías, los escenarios catastróficos ocupan el centro del debate. Sin embargo, los beneficios actuales -mayor productividad, avances médicos, mejoras en seguridad- ya son tangibles y podrían multiplicarse si no se obstaculizan.
5. Regular demasiado pronto puede ser más dañino que no regular. Intentar fijar reglas rígidas en una tecnología aún en evolución implica un alto riesgo de error. No solo puede frenar desarrollos clave, sino también desplazar la innovación hacia entornos más permisivos, reduciendo competitividad y progreso.
Cuando se observa el patrón completo, la cuestión no es si debe existir algún tipo de norma, sino quién se beneficia realmente de ella y en qué momento se impone. La historia muestra que el progreso suele surgir en espacios donde la experimentación es posible y el error no está penalizado de antemano.
La inteligencia artificial representa una oportunidad extraordinaria, pero también una prueba: decidir si se la trata como un terreno que debe explorarse o como uno que debe cercarse desde el inicio. Si se repiten los viejos esquemas, es probable que el resultado también sea el mismo: menos competencia, menos innovación y más concentración de poder en manos de quienes mejor saben navegar las reglas.
En cambio, permitir que las ideas compitan, que los nuevos actores emerjan y que las soluciones se prueben en libertad puede no garantizar la perfección, pero sí algo más valioso, la posibilidad real de avanzar.
Respecto a la libertad (de expresión), tomemos en cuenta que el Presidente de Polonia ha vetado la ley impulsada por el Gobierno para aplicar en el país la Ley de Servicios Digitales (DSA) de la Unión Europea, al considerar que abre la puerta a un sistema de censura administrativa incompatible con la libertad. En concreto, Nawrocki advirtió de que la norma concedería a funcionarios del Estado un poder excesivo para retirar contenidos en internet, sin garantías suficientes y con un grave riesgo de abuso político. «Como presidente no puedo firmar una ley que, en la práctica, introduce la censura administrativa», afirmó, comparando el modelo propuesto con escenarios propios de la novela 1984 de George Orwell. Ver.

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